Lo que me dejaron mis abuelas

Cada 8 de marzo, hace ya un tiempo, se conmemora el Día de la Mujer en honor a las luchas que nuestras predecesoras efectuaron y nuestras compañeras siguen defendiendo, desde épocas inmemoriales hasta las marchas de estos días. Se ha luchado por derechos básicos, equidad salarial, una distribución justa de las cargas familiares, independencia, libertad de pensamiento y actuar, dignidad humana, empatía, entre infinitas razones más. Se ha marchado con lágrimas, con rabia, con recuerdos y realidades escabrosas que, al volver al pensamiento, nos aterrorizan por un momento más; aun así, cada día seguimos saliendo al mundo casi como la declaración más fuerte de que no nos rendimos. Cuando la vida pesa, cuando el día es soleado, cuando hay hambre, cuando recordamos lo que sí ha cambiado, cuando el miedo paraliza y cuando las risas armonizan, no importa mucho el momento mientras seguimos levantándonos para probar el obvio hecho de que seguimos siendo humanas.

Hoy podría escribir desde la rabia, desde las pesadillas que se me fueron haciendo menos extrañas al manifestarse en realidades con los años; porque en verdad tengo a hombres maravillosos en mi vida, pero otros por poco me comen los ojos. Podría darles a los criminales de mi vida un fragmento de mi tiempo, pero justo hoy no quiero; por hoy seguiré pensando que el castigo del mal es el futuro más certero. Hoy quiero pensar en las otras, las que me permiten vivir tranquila sin notarlo, mis abuelas.

Tengo una profunda envidia por quienes siquiera llegan a la adolescencia con sus abuelos vivos; contemplar a esa estirpe de la que proviene una, ya sea para aprender o desaprender, me parece una de las formas más bellas de adquirir sabiduría, si es que llegan a acompañarnos hasta la edad para saber escucharlos. Desafortunadamente, creo que yo no alcancé esa edad antes de perderlos. Mi abuelo paterno, Isaías, ni siquiera alcanzó a conocer de mi existencia previo a fallecer, aunque sí le conmovía la idea de que mi padre tuviera hijos; de él solo tengo historias, y digo solo, aunque lo valen todo, y un rostro que dicen es de los más cercanos a su temperamento; aunque sea un regaño suyo, me habría gustado guardar para mis adentros. De mi abuelo Marcos, campesino desde su primer amanecer hasta la noche en que dio su último parpadeo, sí tengo uno u otro recuerdo poco vivido, pero el tiempo nunca es suficiente y se fue antes de que pudiera regañarme con severidad por pisar los cultivos de maíz. Hombres imperfectos, pero recordados con profundo afecto en mi familia.

A la izquierda mis abuelos paternos, al centro mis padres y a la derecha mis abuelos maternos

Es así como llego a las matriarcas: las mujeres a las que quisiera tener la oportunidad de dedicar una tesis, una investigación o, como mínimo, mi diploma de la universidad: mis abuelas. Cuando pienso quién soy, tengo que empezar por ellas.

Rosa Helena e Isaías

Rosa Helena, la madre de mi padre, me recuerda a una mujer con carácter firme y de alma profundamente bondadosa, nacida en Santander y con un corazón que compartió con cada uno de sus hijos como si el amor infinito fuera, y quizá lo es. Cuenta mi madre que le tenía especial aprecio a su penúltimo hijo médico, al ser el último en salir de la casa por una familia. Dicen que, sin importar la hora, la fecha o el día, siempre había chocolate y limonada listos en casa, siempre esperando la visita adorada de quienes hubiesen o pudieran encontrar hogar en esa construcción antigua que hoy por hoy debe tener más de cien años. Rosa Helena disfrutaba de cocinar para su familia, como esas costumbres que se vuelven ritual del amor y la casa: tamales, almojábanas, carnes, quesos, chocolate casero y seguro algo de la lista infinita se me escapa por completo; además de una sazón deliciosa, criar a tantos hijos debe hacer eficiente al comedor sin dejar lo placentero. Mi madre aún conserva una de sus bandejas de plata que seguro fue señal de buen agüero y festín de alegrías. Quisiera pensar que, de tanto que cocino, algo de su herencia se me daría. Incluso las nueras de mi abuela hablan bien de ella; incluso con su carácter bien puesto, resulta ser una de las mujeres más dulces entre mis recuerdos. De nuestros breves pero repetidos encuentros de vida, cuando yo estaba conociendo el mundo mientras ella lo despedía, recuerdo un rostro que buscaba la alegría en las visitas de su familia, una mujer que seguro vivió mucho; no tuvo gran oportunidad al voto, pero vaya que se rebuscó por dejarles a sus hijos la base de una buena vida. Incluso en los pocos saludos que le di, en parte porque vivía aterrada del hogar del anciano, me gusta pensar que vio algo de sus hijos de antaño. Me gusta pensarla como el ángel que desde alguna parte me da fortaleza cuando por poco creo que la vida va en vano, porque si ella sobrevivió tanto, ¿cómo podría yo dejar de intentarlo sobre sus cimientos?

Ana Mercedes y Marcos Aurelio

La familia de mi padre se dedicaba principalmente al comercio de mercado, la de mi madre a ganarse el jornal en el campo. Ana Mercedes no juzgó a sus seis hijos en sus caminos de vida, así como no tuvo tiempo de cuestionarse mucho qué quería. Me gusta pensar que en la compañía de mi abuelo encontraron algún honesto cariño de familia; me parece que sí. Si ella no trabajaba en el campo, hacía el almuerzo de los obreros (sus hijos, su esposo u otros) y siempre con sus trajes bien puestos, porque ni pantalón ni maquillaje alguno rozaron su piel en lo que pudo compartirle al mundo de tiempo. Mi abuela no pudo darles riquezas materiales a sus hijos, pero sí los diamantes de valor; la humildad, la nobleza y la fe en un futuro mejor; supongo que de ahí vendrá la determinación que tuvo Graciela (mi madre) para sacar dos títulos universitarios con dos hijas expectantes. De mis cuatro abuelos, Ana Mercedes fue la última en irse, pero no sin antes dejarme el nombre “María” como un acto de agradecimiento a la Virgen por la que me pidió tanto y el homenaje de “Ana” en mi hermana menor, porque una mujer de su calibre deja huellas en todo lo que construye, incluso si tardan en llegar como Ana Gabriela. Una mujer sencilla, devota a su fe, cuyo último mayor placer fue ver a sus nietos felices haciendo pícnics en la finca en la que crió a sus hijos.

Mis abuelas sentaron cimientos en su familia, particularmente en mis padres, que no anhelaban mucho al conocerse, y terminaron dando al mundo otras dos mujeres. Yo no existo sin el carácter, comprensión y sensibilidad de mis abuelas. Yo no podría ser tan terca en lo que creo si ellas no hubieran creído antes en que sus hijos serían grandes personas para vivir tomando rienda. Mis abuelas no fueron a la universidad, no habitaron ciudades grandes, no se guiaron por refinería, tecnología y ni hablar de redes sociales, y aun así dieron precedente a sus hijos para ser seres y padres amables, padres que nunca dudaron que tener hijas mujeres dejaría una marca más allá del apellido que heredarían en el después.

En los años recientes, en los que sigo siendo muy joven, en más de una ocasión, en medio de la niebla del pensamiento, vuelvo a la base de qué pensarían mis abuelas, qué harían mis abuelas, ¿pensarían bien o mal de mí? ¿Verían con buenos ojos mi forma de vestir o mi corte de pelo? ¿Se asustarían de mi entorno o se impresionarían al ver cómo otra generación llega mucho más allá de lo que consideraban limitante? ¿Irían a votar? ¿Se quedarían en casa? No me queda duda de que podríamos discutir mucho, pero no por eso dejaría de amarlas, no por eso dejarían de representar a las primeras mujeres que fueron parte de mi alma.

Puedo ser la mujer que soy hoy en día por fragmentos de lo que fueron muchas antes, de lo que me dio mi madre, de los consejos de mis tías, de las tardes de juegos con mis primas, de la compañía de mis amigas para reír a flores y llorar a cántaros; soy la mujer que soy porque mis abuelas fueron mujeres antes de que se asomaran trozos de nuestra libertad actual. Espero que Rosa Helena y Ana Mercedes estén disfrutando en el cielo o en el recuerdo de una dulce bebida caliente, y puedan observar que, gracias a ellas, sus nietas se dan el privilegio y gusto de ser un poco más valientes.

Entre los brazos de mi nona

Siempre amadas, siempre latentes en el cariño y en el ser que camina por esta ciudad con las raíces que plantaron como legado. Pienso en ellas y creo que el dicho de que las mujeres santandereanas son muy bravas es muy cierto; el problema es que no le ven la misma acepción. Unos creen que este se refiere a un mal carácter y yo tengo claro que habla de aquellas que siguen adelante sin importar qué pase, las que se levantan a ser estandarte, todo por amor, todo por creer en un porvenir mejor.

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