El ser foránea: Nunca digas nunca

Agosto:

Dentro de todos los apodos, sobrenombres y diminutivos que he recibido en mi vida, nunca espere ser llamada foránea. Oficialmente hoy se culmina mi cuarta semana de clases universitarias, con la cual se cumple un mes desde que llegue a Medellín, esta ciudad a la cual no hace mucho tiempo juraba jamás conocer. Una ciudad tranquila dentro de su fama de inseguridad, amable desde su gente y abrumadora en el contraste de sus grandes edificios con los barrios populares que se acomodan en toda la ciudad.

Vista desde la sala en Medellín


Medellín se encuentra situado en el valle de Aburrá, en el departamento de Antioquia, Colombia. Al conocer por primera vez el suelo antioqueño tan solo unas semanas atrás me quedaba muy claro porque su capital se ha ganado el título de la ciudad de la eterna primavera, su paisaje es bello por donde lo mires. Me es imposible pasar por cualquier sector de la ciudad (sin importar su estrato socioeconómico) sin maravillarme de las montañas que recubren esta Metrópoli, las mismas que me recuerdan a aquellas que solía ver por mi ventana en Santander. Es el ciclo de la vida ¿o no? Uno no valora lo suficiente lo que tiene hasta que lo pierde.

Aunque en realidad se me hace difícil comprender un sentimiento de perdida al saber que el cuarto al que llamo mío continua intacto en casa de mis padres, e incluso más limpio gracias a la dedicación de mi madre. Me cuesta por que se que muy probablemente mi familia me visite en septiembre y sé que lo seguirán haciendo sin importar en que parte del mudno viva. Me cuesta entenderlo porque en realidad no pase el último día en casa de mis padres, ni les di el ultimo abrazo, así como no fue la ultima vez que vi a mis amigas, porque en realidad volveré de vacaciones en diciembre y la vida no habrá cambiado mucho.

Llevo un mes en Medellín y aun no soy consciente de ello. Pero quien podría esperar que lo fuera cuando jamás soñé con ir a la universidad, y mucho menos planee estudiar traducción, una carrera que casualmente solo posee una universidad en Colombia, la de Antioquia, ubicada en un departamento que no había pisado hasta el primer día de la inducción universitaria. Creo que cuando llego de las clases no me siento rara por el hecho de que mis compañeros me sobrepasen, sino más bien, porque hasta cierto punto siento que estoy viviendo una vida equivocada. Desde que tengo memoria solo he tenido una cosa clara sobre mi futuro y es que quería dedicarme a algo que me apasionara. Ahora llevo 4 semanas tratando de esquivar la idea de que he traicionado a esa niña.

Universidad de Antioquia


Me gustan los idiomas, pero no me veo traduciendo textos escritos a otro idioma por el resto de mi vida, y eso no es duda, es carácter. El mismo carácter que me hace derrumbarme por dentro cuando otros mencionan mi carrera como su sueño de toda la vida, cuando me doy cuenta de que mis compañeros no poseen carreras frustradas y en especial cuando, por más pesado que llegue a ser un tema visto en clase, ellos son capaces de afrontarlo con una sonrisa que solo puede provenir de la auténtica vocación. Cuando era niña, soñaba con vivir de mi pasión en una gran ciudad llena de oportunidades y rascacielos, que deslumbraran lo suficiente como para nunca dejar de impactarme. Ahora tengo eso una parte de ese sueño, pero junto a ello poseo el peso de mi foraneidad, término que no me ofende en lo absoluto, ya que para mí ser foránea más allá de representar el hecho de que provengo de otra región, resignifica la inconciencia que poseo de mi vida actual, sentirme como una extraña que vive una vida plena para cualquier otra persona menos yo.

Tengo todas las cualidades para sobrevivir en mi contexto, así que el único problema es mi duda sobre si en verdad es lo que deseo.

Mi llavero de fique que se quedo perdido en alguna calle.


Diciembre:

La foraneidad no es una experiencia ni un título, sino un sentimiento que posee la carga del saber que lo conocido se volverá sorprendente. Algo que he comprobado mientras acabo este escrito en una cálida noche de diciembre en mi casa de Santander, y especifico de Santander porque la noche de hace casi un mes en la que dejé Medellín por el paro de la universidad, supe que me dolía irme porque ya había construido un sentimiento de hogar allí.

Ahora llevo varias semanas escuchando mi acento natural en el día a día, tomando chocolate en familia y comiendo las mantecadas con chispas y mantequilla de $700 pesos que venden en la esquina como si nunca antes las hubiera probado en mi vida. En estos momentos disfruto mi presente sabiendo que Medellín ha tomado prestada una parte de mi corazón, y aunque dude de mi futuro, por el momento prefiero disfrutar de lo que tengo justo a mi alrededor. Estos últimos seis meses la vida me ha enseñado una frase “nunca digas nunca” porque no sabes lo que el futuro te depara. Solo espero llegar a cumplirle a la pequeña Pilar y llegar a vivir de/con una gran pasión.

Atardecer en el parque chucureño


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