He hecho postres: repensando mi cumpleaños

Pilar de pequeña decorando un pastel de cumpleaños

Desde que tengo memoria me parece curioso el hecho de que mi cumpleaños caiga en fecha un día después de San Valentín; y no, no me hizo falta crecer fuera de Colombia para saber del 14 de febrero, bastó con ver una película de Monster High en la que la vampira protagonista celebra su cumpleaños en este día, y sí, no puedo ser más extraña y más honesta en mis referencias porque no me da la vida. Es curioso pensar en los inicios "románticos" de San Valentín para luego contrastarlo con el título que le conozco a la misma celebración realizada en septiembre en Colombia: Amor y Amistad, aún más curiosa me parece la prepocisión "y" al saber que la amistad no existe sin algo de cariño, sin algo de amor.

Los 15 de febrero son raros, porque si bien crecí con cada cumpleaños celebrado por todos mis cercanos, usualmente lo que mejor recuerdo son las tristezas previas o posteriores a soplar las velas del pastel. Las lágrimas brotaron por infinitos motivos a través de los años; ridículas peleas familiares, mínimas ausencias en  mis celebraciones, una caída (emocional, física o ambas), un error en la ropa, un comentario desconsiderado, y ya pensaba yo que este año no sería la excepción; por 18 años lloré en cada cumpleaños y es algo melancólico cuanto más he podido pensar en las lágrimas que en lo afortunada que he sido. He tenido pastel, velitas, compañía y cariño en cada uno de mis cumpleaños, algo que en primer lugar debería agradecer a mi familia, luego a mis amigos y en últimas a mis soportes de apoyo emocional incondicionales, los muñecos de peluche que llevan conmigo más de una década.

Suelo decir que el 14 de febrero es lo que me deja algo descorazonada para mi cumpleaños, pero comprendo que al soltar este dato al aire se puede pensar que la melancolía es exclusivamente una frustración romántica. Quizá lo sea en cierto modo, pero no contra alguien sino contra un todo, me parece que el 14 de febrero se roba todo el amor de mi corazón para repartirlo por el mundo no sin antes dejarme a mí en trocitos para reparar; siempre hubo por quien llorar, pero usualmente fue por mí. La gran ironía es que rara vez paso más de 11 horas sin sonreír, y eso porque duermo bien; quienes me conocen podrían llamarme una sentimentalista y romántica empedernida; la lluvia, el sonido de la calle, el maquillaje de una amiga, las sonrisas de extraños, los colores en el cielo; y podría seguir enlistando infinitamente toda simpleza que me suele mantener de ánimos pero aún no acabo de descubrir el mundo como para ser capaz de describir todas sus maravillas y pesadumbres.

Ni las sombras ni las luces me han abandonado del todo en cada cumpleaños, aun así a inicios de año casi sin proponérmelo y sin muchas certezas, tras el presentimiento de una mudanza dolorosa y tétrica que afrontaría a inicios de febrero, decidí buscar otro patrón en mi vida fuera de las lágrimas de cumpleaños, una coincidencia que ya pareciera costumbre si no en la fecha de mi nueva vuelta al sol, al menos en lo que pudiera considerar mi prolongada cotidianidad. De pronto lo vi frente a mí, sencillo, tranquilo y algo irreverente; un postre. 

Pilar a sus 16 años en un intento de repartir otro pastel de cumpleaños

Una de mis primeras memorias vívidas es tener algo más de tres años y jugar con una moto de plástico por toda la casa con una mano vendada tras quemármela al abrir la puerta del horno para revisar las empanadas, creo que esa fue la primera vez que toqué un horno, e incluso para aquel entonces ya había hecho muchos postres fríos con mi madre, como su famosa e irreemplazable torta fría con mucha fruta, pero ese día conocí al gran amigo y enemigo de los postres, la temperatura, algo que tambalea, como todo en este mundo efímero.

Hice postres antes de comprender que era cocinar y alcanzar el botón del horno, sin que nadie pudiera detener mi inocente deseo de aportarle algo dulce a la vida. Desde entonces he hecho muchos postres; he hecho postres al pie de la letra de su receta y otros dictados por la intuición, he hecho postres perfectos y otros semejantes a la idea de probar carbon; he hecho postres acompañada de gente querida y otros solitaria esperando la hora en que el horno desprendiera un olor; postres fríos, calientes, a baño María, punto medio y otros cuya preparación es más compleja de explicar; frutales, achocolatados, de vainilla, caramelo y más sabores que ahora no puedo recordar; he hecho postres por gusto y por compromiso; de noche, de día, de madrugada; en mi casa, en el campo, en la finca, en casas de amigos, de viaje o en plena mudanza; acidos, dulces, empalagosos y alguno que otro sin gracia; grandes, pequeños, medianos y a veces de tanta variedad que he terminado por regalar la mitad para no colapsar la nevera; hice postres con amor, alegre, serena y así mismo destrozada, ansiosa y a lágrima plena. 

Los últimos postres que horneé en mi casa del pueblo

Los postres nunca me juzgaron, no importaba si los quemaba, si se dirigían a un público crítico o a un gusto personal por endulzarme el momento o la vida, no importaba si trasnochaba, disfrutaba o si tenían que contemplar mi mejor esfuerzo por evitar desmayarme entre ansiedades provocadas, los postres fueron buenos, malos, hermosos y horrendos, pero nunca me dejaron totalmente tirada. He creado mis propios postres, pero también los he vendido, regalado e incluso, en casos extremos, desechado. Jamás dejé de hacerlos; jamás perdí la fe en que, tras dos malos, saldría uno bueno. 

Creo que la vida me ha tratado un poco como a un postre; sin importar cuánto daño me hiciera, sabía que habría algo más por crear, tras la noche escabrosa volvería el ánimo necesario para hornear, para volverme a maravillar. 

Llevaba como tres años haciendo mi torta de cumpleaños, por gusto y porque especialmente ese día no soporto repagar un postre (pese a que nunca me cansé de probar y reprobar las creaciones de los demás), pero este año fue diferente, hasta algo sorprendente; una torta de chocolate tematizada de San Valentín comprada por mis padres en Punta Cana, un mini Wafle de cortesía en una rídiculamente feliz y mal planeada cena con amigos, una mini red velvet en mi primera noche oficial del semestre y una porcion individual de pastel de chocolate estilo ferrero sin azúcar para rematar. Este último postre fue el que mejor planeé e irónicamente fue el último que probé, porque antes estuvo la sorpresa del cariño; los postres que no pedí desaforadamente y llegaron para que los degustara con la misma inocencia y sonrisa de la niña a la que le vendaron la mano tras su primer encuentro con el gran amor de hornear sin planearlo.

No todo el mundo entenderá mi afición a los postres, o el razonamiento al que llegué hace tiempo de no querer profesionalizarla; pero tras 19 febreros me parece que mis deseos dulces han sido la mejor compañía para afrontar lo tenebroso y lo luminario. De paso, ha sido el primer cumpleaños, de los que recuerdo al menos, en el que no he llorado.

15 de febrero, mi amor y amistad con postres, porque sigo horneando para sobrellevar, para celebrar y particularmente para creer que tras el humo del carbón siempre podré volver a empezar. Pesé a todo el dolor, los desmayos, las rabietas y las sandeces, algo de mi ritmo o de mis postres me ha llevado a sentirme la María más afortunada a mis 19. Gracias a mis abuelas que me dejaron heredada la tradición de endulzar la mesa, y quizá con ella, los nuevos días que se nos atraviesan.

El sorprendente mini Red Velvet 

Posdata: ya estoy pensando en el siguiente postre.

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