Bridgerton, Morning Glory y la pasión por la vocación

Nunca he sido una fiel creyente del destino, pero talvez esta sea una de las pocas ocasiones en la que me permitiré creer. Ayer en la tarde había terminado de ver la segunda temporada de Bridgerton en Netflix, me tarde más de seis meses en terminarla porque solo la veo cuando estoy con mi mamá y si bien anhelaba con ansias el final de temporada, unos minutos después de terminar el último capítulo me encontré con un sentimiento de vacío. No es que el final no me haya agradado ni mucho menos que haya acabado la serie en su totalidad (me faltan por lo menos 2 temporadas más y una miniserie derivada) pero creo que después de ver tanta belleza en la pantalla, entre el vestuario, las locaciones y la historia, quede un poco aburrida de volver a la realidad, o al menos eso pensé en un inicio.

Paso una hora y el sentimiento no se me iba por más que intentara distraerme en labores cotidianas, fue en ese momento que me di cuenta que el vacío no se debía a la nostalgia de un pasado idealizado como el que se muestra en Bridgerton sino a un deseo profundo por ser una de las actrices en la serie. Creo que mi razón para actuar nunca ha tenido como prioridad ser una celebridad o tener la atención de admiradores, sino que encapsula algo más sencillo, el deseo de contar y vivir mil historias en una vida, historias divertidas, historias difíciles, historias llenas de arte, pero en especial historias que muevan los sentimientos de las personas, sin importar que tan ficcionadas sean. Creo que terminar el último capítulo de la temporada después de haber visto en una que otra ocasión algún detrás de cámaras de la serie, me dejo preguntándome porque no estaba yo viviendo ese sueño, porque, si tantos han podido antes ser bendecidos con un papel en un gran proyecto audiovisual, yo no había podido ser uno de ellos aún. Es un sentimiento difícil de describir, es como darte cuenta de que muchos están viviendo la vida de tus sueños mientras que tu te sientes como una impostora en tu realidad porque crees que fuiste hecha para algo más, y no lo digo desde un anhelo de grandeza sino desde el más profundo deseo de dedicarte a lo que más amas en realidad, y sobra decir que plasmar este sentimiento por una historia del 1800 no te ayuda a dejar de pensar.


Escena de la temporada dos de Bridgerton

Seguí con mi vacío el resto de la tarde, tratando de ocuparme entre los pendientes que había anotado en mi libreta el día anterior. Para las 9:00 de la noche recordé que aún no había visto por completo una película en el día, y es que me he puesto el reto de ver al menos una película cada día de diciembre, pero también supe que no me desocuparía para hacerlo, hasta después de las 10:00 p.m., por lo que decidí que por tiempo lo mejor sería buscar una película corta en mi teléfono. Quería ver una película antigua, de esas que por un momento te hacen creer en la gloria y magia del viejo Hollywood, pero las que encontraba duraban cerca de dos horas o un poco más, hasta que pronto recordé el título Morning Glory protagonizado por Katharine Hepburn y al buscarlo me sorprendí por su duración de apenas hora y cuarto, era la elección precisa. Probablemente fue un golpe de suerte o he leído demasiadas veces los títulos de las películas de una de las grandes leyendas de Hollywood pero fuera como fuera comencé a ver la película que le dio su primer Oscar, sin haber leído su sinopsis ni recordar ese premio en particular.

La trama es sencilla, una ambiciosa y confiada aspirante a actriz llega a la oficina del dueño de una compañía de teatro en Nueva York buscando apoyo para abrir su propio teatro o en última instancia conseguir un papel en una de sus obras. Desde los primeros minutos encontré en la expresión de Eva Lovelace, personaje de Hepburn, la misma ilusión por actuar que he poseído yo misma toda mi vida. Mientras más de un actor pasa directo a la oficina casi sin necesidad de presentarse, Eva se queda en la sala de espera con el anhelo que solo puede sentir alguien que ama con toda su alma el arte al que se dedica o al menos quiere dedicarse. Eva solo ha trabajado en un par de obras de pequeños teatros con papeles secundarios y ni siquiera ha podido pagar clases a un maestro debido a que esta casi completamente sola en la ciudad y apenas gana para sobrevivir, y aún así cuando entabla conversación con un actor mucho más experimentado y conocido que se encuentra en la misma sala de espera, habla con más entusiasmo y conocimiento de su arte de lo que cualquiera que se encuentre en ese momento en la oficina podría. El veterano actor que esta esperando tranquilamente su turno para firmar el contrato para una nueva obra, se queda admirado de la ambición, determinación y entusiasmo de la joven, quien le cuenta el plan que tiene para convertirse en una gran actriz como sus grandes ídolos. Mientras sostienen su conversación, dos actrices con aparente trayectoria van pasando adentro de la oficina a pedir nuevos contratos, con los aires de superioridad que solo las grandes “estrellas” del teatro de la época parecían tener. Las conversaciones llenas de halagos, pequeños dramas innecesarios y codicia que se desarrolla entre estas actrices y el dueño de la compañía contrastan profundamente con la orgánica conversación que se esta dando en la sala de espera entre Eva y el veterano actor, quien no deja de escuchar con admiración y sorpresa a la joven actriz.


Eva Lovelace interpretada por Katharine Hepburn

En un momento el dueño de la compañía y el productor de una nueva obra salen de la oficina y es ahí cuando Eva encuentra su oportunidad para presentarse. Si bien no impresiona al dueño, sí deja una buena impresión en el productor. Justo antes de irse Eva insiste en entrar a la oficina a despedirse de los dos hombres y es ahí cuando llega a admitir que, pese a que le pagan 20 dólares por día en su trabajo actual, llegaría a trabajar por 20 dólares a la semana por un papel en su compañía, dejando en claro que el dinero no le interesa en cuanto pueda interpretar un personaje que considere interesante, en otras palabras, solo quiere que le den una oportunidad de hacer lo que ama, actuar. Creo que nunca en mi vida me sentí tan identificada con una escena de cine, sentirte tan apasionada por una vocación que nada más importa, ni el dinero, ni la soledad de la ciudad, ni el dejar atrás todo tu mundo conocido, nada de eso importa, porque nada te va a dar la vitalidad que te provoca un solo instante interpretando a un personaje. Hay gente que no tiene claro cuál es su vocación y consideran ese hecho su mayor desgracia, pero yo creo que existe algo mucho peor, conocerla y creer que es muy difícil para seguirla. Siempre he pensado que uno no escoge lo que o a quien ama, y este año comprobé esa idea al tratar de distraer mi cabeza con cualquier otra actividad diferente a actuar, y fracasar en ese intento por engañar a mi corazón.  

Tiempo después Eva se encuentra de nuevo con el actor veterano del principio, y este decide invitarla a la fiesta de estreno de su última obra, en la cual una Eva medio borracha va a demostrar a través de dos monólogos clásicos como todo su esfuerzo por convertirse en una gran actriz viene de un único centro, la vocación. Ella ya ha dejado su hogar natal, su último centavo y algunos dirían que hasta su dignidad con esos dos monólogos (los cuales le valieron a Hepburn su primer Oscar), pero para mí lo que en verdad a dejado Eva es la negación a su verdadera vocación, sin importar lo mucho que cueste. En ningún momento se le ve afligida por las situaciones que vive en el proceso de búsqueda a su gran oportunidad en el teatro, no porque no dude, sino porque su amor al teatro y su sueño la supera. Tanto así que en la fiesta a la que este actor veterano la invita, el productor de una nueva obra la considera la persona más interesante del salón, a pesar de estar rodeado de las más grandes estrellas y críticos de Broadway, porque él sabe que ella posee algo de lo que muchos parecen carecer al entrar en sus célebres profesiones, algo que te mueve más que cualquier cantidad de dinero, pasión.


Joseph Sheridan (el productor) y Eva Lovelace


Al final de este relato y después de más rechazos que puertas abiertas, a Eva se le presenta la oportunidad de su carrera, protagonizar una nueva obra en Broadway, el único problema es que solo tiene un par de horas para aprender el libreto y aunque duda, le toma poco tiempo entender que una oportunidad como esa no es casualidad, sino el resultado de haber perseverado por su sueño. El estreno se lleva a cabo y la obra tiene tanto éxito que el mismo dueño de la compañía le informa que el día siguiente tendrá que firmar un contrato para presentar la obra por el tiempo que el publico la solicite. Después de algún momento romántico, Eva queda sola en su camerino junto a la encargada de su vestuario y duda un momento de si ha tomado la decisión correcta, ya que cree que su carrera la consumirá en una gran soledad. Sin embargo, no necesita más que unas palabras de su vestuarista para recordar que esta viviendo su sueño y eso es algo más grande de lo que jamás creyó que lograría, y aunque ella no lo dice estoy segura de que en su corazón sabe que, mientras su pasión por lo que hace se mantenga viva, lo demás se ira resolviendo en el camino. Y creo que así mismo me siento yo.


Escena de Morning Glory


Como último dato, vi la película en Ingles, algo que nunca antes había hecho por lo que puede que haya confundido algún dato en la traducción, sin embargo, prometo que no la he contado por completo en este escrito, y en realidad no creo que pudiera hacerlo aunque la viera doblada al español. Para mí ha sido de esas películas que guardas en tu corazón por verla en el momento indicado. No la podría recomendar más, y espero la próxima vez que la vea, posea un poco más de la determinación que tiene Eva Lovelance, porque la pasión no me ha faltado un solo día. 

 




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